Hacia la belleza

David Foenkinos

 

David Foenkinos nació en París en 1974. Licenciado en Letras por la Universidad de la Sorbona, recibió también una sólida formación como músico de jazz. Entre sus novelas, acogidas con entusiasmo por los lectores y la crítica en todo el mundo, destacan El potencial erótico de mi mujer (Premio Roger-Nimier 2004), En caso de felicidad (2004), Los recuerdos (2011), Estoy mucho mejor (2013) y, sobre todo, La delicadeza (2009). Merecedora de diez galardones, entre ellos el de los Lectores de LeTélégramme, el An Avel o el 7ème Art, también fue finalista de los premios literarios más prestigiosos en Francia, como el Goncourt, el Renaudot, el Médicis, el Fémina o el Interallié, y posteriormente fue llevada al cine por el propio autor y su hermano Stéphane. En 2010, Foenkinos, melómano y fan incondicional de John Lennon, decidió publicar una singular biografía novelada en la que se propuso dejar de lado al mito y retratar al hombre: Lennon (Alfaguara, 2014).Charlotte es su último y aclamado libro, finalista del premio Goncourt y ganador del Premio Renaudot y del Goncourt des Lycéens.

1

El Museo de Orsay, en París, es una antigua estación. El pasado deposita así una huella insólita en el presente. Entre los Manet y los Monet, podemos dejarnos llevar e imaginar los trenes llegando en medio de los cuadros. Ahora los viajes son de otro tipo. Quizás algunos visitantes vieron a Antoine Duris aquel día, inmóvil en la plaza de la entrada. Parece caído del cielo, estupefacto de estar allí. Estupefacción, esa es la palabra que mejor puede caracterizar su sensación en ese instante.

2

Antoine había llegado muy temprano a su cita con la responsable de recursos humanos. Desde hacía varios días, su mente se concentraba por completo en la entrevista. Aquel museo era el lugar donde él quería estar. Se dirigió con paso tranquilo a la entrada de personal. Por teléfono, Mathilde Mattel le había precisado que no tomara el camino de los visitantes. Un vigilante lo detuvo: —¿Tiene usted tarjeta de acceso? —No, pero me esperan. —¿Quién? —… —¿Quién lo espera? —Perdone… Tengo cita con la señora Mattel. —Muy bien. Pase usted por recepción. —… Escasos metros más tarde, repitió el motivo de su visita. Una joven examinó una agenda grande y negra: —¿Es usted el señor Duris? —Sí. —¿Me permite un documento de identidad? —… Era absurdo. ¿Quién iba a hacerse pasar por él? Cumplió dócilmente, acompañando el gesto con una sonrisa comprensiva para enmascarar su malestar. La entrevista de trabajo parecía haber empezado ya con el vigilante y la telefonista. Había que ser eficaz desde el primer buenos días, ya no se toleraba ni un escueto gracias. Después de comprobar que efectivamente el hombre era Antoine Duris, la joven le indicó el camino a seguir. Tenía que enfilar un pasillo, al final del cual encontraría un ascensor. —Es fácil, no tiene pérdida —añadió. Antoine sospechó que, con semejante frase, se perdería con toda seguridad. En medio del pasillo ya no sabía lo que tenía que hacer. Al otro lado de la cristalera distinguió un cuadro de Gustave Courbet. La belleza es siempre el mejor recurso contra la incertidumbre. Desde hacía semanas luchaba por no hundirse. Sentía que le fallaban las fuerzas, y los dos interrogatorios que ya se habían sucedido le habían exigido un esfuerzo considerable. Sin embargo, únicamente habían consistido en pronunciar unas cuantas palabras, responder a preguntas que no contenían la más mínima trampa. Había retrocedido a un estadio primario de la comprensión del mundo, dejándose invadir a menudo por miedos irracionales. Sentía cada día más las consecuencias de lo que había vivido. ¿Sería capaz de pasar la entrevista con la señora Mattel? En el ascensor que lo llevaba a la segunda planta, lanzó una mirada furtiva al espejo y se encontró más flaco. Nada extraño, comía menos y a veces se olvidaba de cenar o almorzar. En su descargo, hay que decir que su estómago no se manifestaba. Podía saltarse comidas sin experimentar el menor rugido de tripas, como si su cuerpo ya solo estuviera compuesto de territorios anestesiados. Solo su mente lo empujaba a pensar: «Antoine, tienes que comer». Las personas que sufren se agrupan en dos bandos. Las que resisten mediante el cuerpo y las que resisten mediante la mente. O una cosa o la otra; raras veces se dan las dos. Nada más salir del ascensor lo recibió una mujer. Habitualmente, Mathilde Mattel esperaba a las personas citadas en su despacho, pero con Antoine Duris había decidido desplazarse. Debía de estar terriblemente ansiosa por saber más de sus motivaciones. —¿Es usted Antoine Duris? —preguntó pese a todo, para asegurarse. —Sí. ¿Quiere ver mi carnet de identidad? —No, no, ¿por qué? —Me lo han pedido abajo. —El estado de emergencia. Así son las cosas. —No se me ocurre quién podría instigar un atentado terrorista contra la directora de recursos humanos del Museo de Orsay. —Nunca se sabe —respondió ella con una sonrisa.
Lo que podría haber pasado por una ocurrencia y hasta por sentido del humor era, no obstante, una fría constatación por parte de Antoine. Ella hizo un gesto con la mano para indicarle la dirección de su despacho. Se adentraron entonces en un pasillo largo y estrecho donde no se cruzaron con nadie. Sin dejar de seguirla, Antoine pensó que aquella mujer debía de aburrirse mucho en la vida para recibir a potenciales empleados a una hora en la que el resto del personal parecía no haber llegado. No había que buscar la mínima lógica dentro de la logística de los pensamientos de Antoine. Una vez en el despacho, Mathilde propuso té, café, agua, lo que a él le apeteciera, pero Antoine prefirió decir no, gracias, no, gracias, no, gracias. Así pues, ella arrancó: —Debo decirle que me ha sorprendido mucho recibir su currículum. —¿Por qué? —¿Que por qué? ¿Y usted me lo pregunta? Es usted profesor titular universitario… —… —Goza incluso de cierto renombre. Ya he leído algún artículo suyo, me parece. Y se presenta… al puesto de vigilante de sala. —Sí. —¿No le resulta extraño? —No especialmente. —Me he tomado la libertad de llamar a la ENSBA[1] —confesó Mathilde al cabo de un momento. —… —Me han confirmado que ha decidido usted dejar su trabajo. De la noche a la mañana, así, sin motivo alguno. —… —¿Estaba harto de dar clases? —… —¿Sufrió… una especie de depresión? Lo comprendo. Cada vez es más habitual que la gente se queme. —No. No. Quise dejarlo. No hay más. Seguramente volveré dentro de un tiempo, pero… —Pero ¿qué? —Mire, señora Mattel, me he presentado a una vacante y me gustaría saber si tengo posibilidades. —¿No se siente sobrecualificado? —Me gusta el arte. Lo he estudiado, y lo he enseñado, de acuerdo, pero ahora lo que me apetece es sentarme en una sala en medio de los cuadros. —No es un trabajo relajante. Le hacen preguntas constantemente. Y además aquí, en Orsay, hay muchos turistas. Siempre hay que andarse con ojo. —Puedo estar un tiempo de prueba, si tiene dudas. —Necesito personal, porque la semana que viene inauguramos una gran retrospectiva de Modigliani que atraerá a mucha gente. Es todo un acontecimiento. —Qué apropiado. —¿Por qué? —Escribí mi tesis sobre él. Mathilde no respondió. Antoine había pensado que la revelación jugaría a su favor. Por el contrario, esta parecía acentuar a ojos de la directora de recursos humanos la extrañeza de su proceder. ¿Qué pintaba allí un erudito como él? ¿Estaría diciendo la verdad? Era como una bestia atemorizada, y le parecía que solo la idea de refugiarse en un museo podría salvarlo.

3

En un solo día había rescindido todos sus contratos y entregado las llaves del piso. El propietario le había dicho: «Hay dos meses de preaviso, señor Duris… No puede uno irse por las buenas. No me parece correcto». El hombre había empalmado varias frases en un tono de excesiva desolación. Antoine interrumpió el monólogo: «No se preocupe. Le pagaré los dos meses». Había alquilado una furgoneta en la que había cargado todas sus cajas. Fundamentalmente cajas de libros. Había leído un artículo sobre los japoneses que abandonaban su vida así, de la noche a la mañana. Los llamaban evaporados. Tan magnífica palabra casi ocultaba la tragedia de la situación. A menudo se trataba de hombres que se habían quedado sin trabajo y no eran capaces de asumir su declive social en una sociedad basada en las apariencias. Mejor huir y convertirse en indigente que enfrentarse a la mirada de una esposa, de una familia, de los vecinos. Esto no tenía nada que ver con la situación de Antoine, que se encontraba en la cúspide de su carrera, como profesor de mucha experiencia y muy respetado.