INSTANTÁNEAS FANTASMALES DE ROBERTO BOLAÑO

ERICK BAENA CRESPO

Tecleo en una computadora del Archivo General de la Nación: Ro-ber-to-Bo-la-ño. Tras 45 minutos de espera, un cuadro de texto muestra el número de resultados: 0.

–¿Pertenecía a un grupo subversivo? –me pregunta una investigadora, de trato amable y paciente, que me asesora en mi búsqueda infructuosa.

Tengo ganas de decirle que sí, que fue el hombre que conspiró, junto a otros 18 poetas, para fundar el movimiento infrarrealista, que se opuso radicalmente a Octavio Paz, quien era una de las figuras predominantes de la poesía en iberoamérica. Y que, al tratar de revolucionar la lírica, lo que logró –en cambio– fue convertirse en el primer escritor maldito del siglo XXI, pero no lo digo.

–No que yo sepa.

–¿En qué época vivió en México?

–Entre 1968 y 1975.

–¿Te sabes el nombre de algunos de los miembros de su grupo?

Tengo ganas de citar a Ulises Lima y a Felipe Müller, pero desisto.

–Mario Santiago Papasquiaro y Bruno Montané.

Nada.

Roberto Bolaño no figura en los archivos de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, el actual Cisen. El servicio de inteligencia de México no reparó en su fallida conflagración literaria. Es como tratar de rastrear las huellas de un fantasma.

Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. Y murió en Barcelona el 15 de julio de 2003. Esa es su biografía más sucinta, aunque las claves de su vida se encuentran regadas en el grueso de su obra, mezcla de memoria y ficción.

León Bolaño, camionero y boxeador, y Victoria Ávalos, profesora, fueron sus padres. Y si alguien está interesado en entender la relación que el autor de Los detectives salvajes tuvo con su padre, puede asomarse al cuento “Útimos atardeceres sobre la Tierra”, incluido en el volumen Putas asesinas. El cuento narra las últimas vacaciones que Bolaño (B en la ficción), pasó junto a su padre.

Si alguien duda de que la realidad, en la vida de Bolaño, se entremezcla con la ficción de una forma enigmática, aquí una anécdota:

En 1977, dos años después de ese último viaje –fechado en 1975 en el relato–, Bolaño abandonó México y su padre se fue a vivir a Querétaro.

Vino la consagración de Bolaño como escritor: ganó el Premio Herralde de Novela, en 1998, y el Rómulo Gallegos en 1999. Pero su padre no lo sabía.

“No me enteré de sus libros hasta que unos parientes me dijeron y mi hijo León Enrique comenzó a sacar datos de Internet”, le dijo León Bolaño al periodista Andrés Gómez Bravo, del diario chileno La tercera.

Bolaño se reencontró con su padre, en Madrid, en 2001, después de veinte años de no verse. Quizá por ese tipo de episodios, en la novela Nocturno de Chile, Bolaño le obliga decir, algo durísimo, a uno de sus personajes (Farewell): «todo se hunde, todo se lo traga el tiempo, pero a los primeros que se traga es a los chilenos».

El reloj del Café La Habana marca las 9:45 am. Tengo en la mesa un ejemplar de Los detectives salvajes, una fotografía de Bolaño y fotocopias de su poema “Overol blanco y otros poemas”, publicado en la edición 49-50 de la revista Punto de partida de la UNAM, como si estuviera conjurando a los fantasmas con ésta ofrenda literaria.

Suena una música suave, adormecedora, que me recuerda las melodías incidentales de las películas de Angélica María.

Desde una de estas mesas, Bolaño –si suponemos que su obra estuviese inspirada enteramente en hechos– vio entrar a Octavio Paz (el padre literario al que quería despedazar a versos).

Leo:

Si estás triste hermano piensa en Roberto Bolaño

que solito en la cárcel penquista

le hizo un poema a Nueva York.

Y pienso en Bolaño. Y me pregunto si habrá escrito esos versos aquí, mientras bebía un café con leche. Las aspas de un ventilador de techo giran lento, como si el tiempo se detuviera. Alrededor mío tres mesas vacías, ocupadas por fantasmas. Estoy solo, cierro los ojos: fantaseo. En esa mesa, de cuatro sillas, en tertulias infinitas, Bolaño, con su larga melena, sus lentes de pasta dura y su quijada afilada, debatía de forma acalorada con Papasquiaro y Montané sobre la poesía de Nicanor Parra, sobre las vanguardias y sobre el nombre con el que bautizarían a su movimiento literario.

Carolina López, viuda de escritor chileno, en el documental Bolaño cercano, afirma que el autor de 2666  era un hombre al que le “encantaba el arte del incordio”. Y, en el mismo documental, Juan Villoro complementa: “Roberto era un polemista natural, era una persona a la que le gustaba muchísimo ejercer los favores de la discrepancia. Si tú estabas de acuerdo con una cosa en él, rápidamente cambiaba de opinión, para ejercitar todas las posibilidades de un tema”.

Arriba de la barra, empotrado a la pared, se encuentra una impresión ampliada de una fotografía del Café La Habana, publicada el 18 de julio de 1999 en el periódico Reforma. El pie de foto hace mención al paso de Fidel Castro por aquí, antes de la toma del cuartel Moncada. Leo y reelaboro la frase:

“Café La Habana, famoso porque a sus mesas un jovencito llamado Roberto Bolaño planeó el asalto a la poesía latinoamericana, semilla de toda su obra posterior”.

Ricardo Martínez, asesor de la tesis –que luego se convirtió en libro– Bolaño infra: 1975-1977: los años que inspiraron Los detectives salvajes, de la periodista chilena Montserrat Madariaga Caro escribió una anécdota bolañesca, poblada de espectros literarios.

En diciembre de 2001, en la barra del Bar Berri, en Santiago de Chile, Martínez inició una conversación con un hombre sentado a su lado. Al escuchar su acento, Martínez le dijo:

–Tú no eres chileno.

–Sí lo soy, pero lo que pasa es que viví muchos años en México.

–Qué coincidencia, justo estoy leyendo una novela que…

El hombre lo interrumpió mientras aplastaba contra el cenicero, como si lo quisiera despedazar, el cigarro que apenas había encendido.

–¡Ya sé de qué libro me habla usted! ¡El libro de ese tal Bolaño! ¿Los detectives salvajes, no? Ha de saber usted que yo soy el protagonista de ese libro.

Cuenta Martínez que, a la postre, supo que ese hombre se llamaba Juan Harrington. Bolaño mismo admitió que Harrington figuraba en el libro, pero como un personaje menor que sólo nombró dos veces en la página 551, bajo el nombre de Bustamante.

Harrington estaba convencido, como explica Martínez, que Bolaño se había inspirado en él para construir a García Madero.

Martínez, en otro capítulo de ese mismo relato, cuenta que una vez le preguntó al poeta Andrés Anwandter por qué Bolaño era tan valorado por las generaciones jóvenes en Chile, a lo que Anwandter le respondió: “Porque escribió la historia de todos nosotros, poetas jóvenes latinoamericanos”.

Afuera de la cantina La Reforma de Bucareli se esparcen, como hojas secas, las páginas de un periódico de nota roja, que dejan a la intemperie las imágenes de un cuerpo descuartizado: la sangre, el corte a ras de hueso, el horror. 

Llegué hasta aquí con una curiosidad casi infantil: leí en una nota que la Encrucijada Veracruzana estaba basada en este lugar. No la imaginaba así: ordinaria, normal, citadina. Encuentro más fascinante la cantina descrita por Bolaño.

Tomo un taxi. El chofer baja el volumen al radio, del que brota la melodía de una canción de The Police, que me pone melancólico. El chofer zigzaguea, sin precaución, por las calles de una ciudad que no es más la ciudad “que tuvo en Bolaño, quien lo hubiera pensado, a su bardo mayor”, como escribe Christopher Domínguez Michael en el prólogo del Espíritu de la ciencia ficción. Siento un coraje instantáneo, pero triste, por éste hombre enojado, sin playera, con lunares rojos como gotas secas de sangre salpicados en su espalda.

Me cuenta, para romper el silencio, que ahí donde me recogió mataron a un indigente, hace apenas unos días.

–De casualidad, ¿no se llamaba García Madero? –le digo con toda la malicia del mundo.

–No, ése es el nombre de una calle. A éste le decían el Ánimas.

Y pienso: pudo haber sido un personaje de Bolaño.

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