LA DESAPARICIÓN DE STEPHANIE MAILER

JOËL DICKER

Joël Dicker

Joël Dicker nació en Suiza en 1985. En 2010 obtuvo el Premio de los Escritores Ginebrinos con su primera novela, Los últimos días de nuestros padres (2014).

La verdad sobre el caso Harry Quebert (2013), fue galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa, y, en España, fue elegida Mejor Libro del Año por los lectores de El País y mereció el Premio Qué Leer al mejor libro traducido y el XX Premio San Clemente otorgado por los alumnos de bachillerato de varios institutos de Galicia. Traducida con gran éxito a treinta y tres idiomas, se ha convertido en un fenómeno literario global.

CAPÍTULO 1

Acerca de los acontecimientos del 30 de julio de 1994

No habían conseguido entradas para la obra inaugural, cuya taquilla había tomado la gente por asalto, e ir a participar en las festividades populares de la calle principal y del paseo marítimo y el puerto deportivo no había despertado en ellos el menor interés. A última hora de la tarde, Meghan había salido, como todos los días, a eso de las seis y media, para ir a correr. Salvo los domingos, que era el día en que le concedía al cuerpo algo de descanso, hacía el mismo circuito todas las tardes de la semana. Salía de su casa y subía por la calle Penfield hasta Penfield Crescent, que tra­zaba un semicírculo alrededor de un parquecillo. Se detenía allí para realizar una serie de ejercicios en el césped  siempre los mismos— y luego regresaba a su casa por el mismo camino. Aquel recorrido le llevaba exactamente tres cuartos de hora. Cincuenta minutos a veces si alargaba los ejercicios. Pero nunca más tiempo.
A las siete y media, a Samuel Padalin le pareció raro que su mujer no hubiera regresado aún.
A las ocho menos cuarto, había empezado a preocuparse.
A las ocho, andaba arriba y abajo por el salón.
A las ocho y diez, por fin, no aguantó más y cogió el coche para recorrer el barrio. La forma más lógica de proceder le pare­ció ir siguiendo el camino que solía recorrer Meghan. Y eso fue lo que hizo.
Se metió por la calle Penfield y subió hasta Penfield Cres­cent, donde giró. Eran las ocho y veinte. Ni un alma por la ca­lle. Se detuvo un momento para mirar el parque, pero no vio a nadie. Cuando volvía a arrancar, divisó una forma en la acera. Al principio, le pareció un montón de ropa. Hasta que se dio cuenta de que se trataba de un cuerpo. Entonces salió precipitadamente del coche, con el corazón palpitante: era su mujer.
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Se temió un ataque al corazón. Pero, al acercarse a Meghan, vio la sangre y el agujero detrás de la cabeza.
Se puso a gritar y a pedir ayuda, sin saber si tenía que quedar­ se junto a su mujer o si ir corriendo a llamar a la puerta de las casas para que alguien avisase a emergencias. Lo veía todo borroso y le daba la impresión de que le fallaban las piernas. Sus voces atrajeron por fin a un vecino de una calle paralela, quien avisó a emergencias.
 
Pocos minutos después, la policía cerró el barrio.
Fue uno de los primeros agentes en llegar quien, al trazar el perímetro inicial de seguridad, se fijó en que la casa del alcalde de la ciudad, muy próxima al cuerpo de Meghan, tenía la puerta entornada. Se acercó, intrigado. Comprobó que la habían reventado. Sacó el arma, subió de una zancada las escaleras de entrada y anunció su presencia. No hubo ninguna respuesta. Empujó la puerta con la punta del pie y vio que un cadáver de mujer yacía en el pasillo. Pidió refuerzos en el acto, antes de seguir avanzando despacio por la casa con el arma en la mano. A la derecha, en un saloncito, se topó, espantado, con el cuerpo de un niño. Luego, en la cocina, se encontró al alcalde, en un charco de sangre, asesinado también. 

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