PEREGRINOS

SOFÍA SEGOVIA

«Con cada paso, con cada vuelta de rueda, habían vencido bombas, frío, hambre y mundo. Habían llegado, hasta ahí, hasta ellos, hasta esa mirada suya, tras un largo peregrinaje en busca de vida. De paz»
 
Sofía Segovia

“Una narradora que escapa de lo melodramático para centrar su discurso en lo humano.

La Razón

“Una de las voces más originales y potentes de su generación”.

Top Cultural, España

“Una lectura apacible y distendida que recorre etapas de cambios pequeños y grandes, decepciones y alegrías, contadas con la ternura de la voz de Sofía Segovia, que a ratos hace sonreír con sus ocurrencias y a ratos golpea por la dureza de la realidad.” 

Devoradora de libros (@RustaBloguera)

Sofía Segovia

Nació en Monterrey, Nuevo León. Estudió comunicación en la universidad de su ciudad natal con el objetivo de convertirse en periodista, pero su pasión por el teatro y la literatura cambiaron sus planes.
 
A lo largo de su carrera ha escrito tanto guiones para comedia como para  comedia musical y ha colaborado con grupos de teatro. Es autora de El murmullo de las abejas (Lumen, 2015), novela con la que ha conquistado el aplauso de la crítica y el público internacional.
 
Vive en Monterrey con su esposo, sus hijos y sus tres mascotas. Sin el barullo alegre que logran entre todos, no podría concentrarse para escribir.

CAPÍTULO 1

ILSE

Del 26 de enero de 1936 al 25 de marzo de 1938

1. La niña

En el primer soplo, la vida duele.

¿Cómo no llorar la primera vez que la luz lastima los ojos o la primera vez que se siente el roce seco del aire en la piel? ¿Cómo no llorar cuando los pulmones se llenan de oxígeno frío y desconocido, cuando los ruidos suaves que antes llegaban a los oídos inundados, llegan duros, sin filtros? ¿Cómo no protestar con energía cuando el mundo se torna infinito y no ayuda para contener el cuerpo, hasta ese día tan ajustado, tan sostenido, tan abrazado en la oscura suavidad del interior de la madre?

La niña empezaba a acostumbrarse a ello, y quizá hasta a disfrutar de la vida en brazos de su madre, cuando la llevaron a la iglesia a darle nombre.

Ese día en que todo estaba por venir, el agua bendita de su bautizo mojó con bendiciones su frente y regó el suelo de Prusia Oriental, cuando todavía existían ésta y su gente sin saber que tenía los días contados, sin saber que le esperaba un propio bautizo de fuego que borraría el nombre de esa tierra para siempre. Ese día y desde 1918, la orgullosa Prusia existía separada de su Alemania, no por voluntad propia, sino por castigo impuesto por el mundo. Y sus habitantes —incluida esa niña, nueva bautizada— se habían quedado en el ostracismo, como una astilla que se separa de su palo: eres, pero no; perteneces, pero casi te olvido. Existían lejos, pero en eterna añoranza de sus hermanos germanos al oeste; separados por mar, pero más por tierra. Lejanos, pero nunca relegando al olvido la patria, y con el profundo deseo de transitar con libertad por sus otrora tierras convertidas en frontera que los separaban, tierras que antes también eran Prusia y que ahora el mundo se empeñaba en llamar Corredor Polaco.

Ese día del bautizo de agua de la niña faltaba mucho para el de fuego, pero durante décadas por venir, el mundo dedicaría un gran esfuerzo para entender el orden de los sucesos, la importancia de las variables; exigiría a las grandes mentes y gastaría grandes recursos para analizar el origen de la culpa y la crueldad del culpable, de los culpables. También dedicaría selectos silencios para hacer olvidar lo intolerable del propio delito. Y prometería que todo lo acontecido nunca más volvería a suceder. Poco se hablaría de que ésa era una promesa fallida que ya se había hecho una ocasión anterior tras castigar al agresor, al perdedor.

A la niña para siempre le gustaría el nombre que le habían escogido, pero ese día, el pastor se lo derramó repentino, abundante, frío —porque desde siempre había sido imposible mantener tibia el agua de esa pila bautismal. Lo dejó caer sobre su frente tibia sin miramientos. El apelativo se adhirió a ella para siempre, gracias a esa agua y a miles de bendiciones, pero el golpe helado fue brutal y le arrancó a Ilse un grito que se convirtió en un llanto que no cesó sino hasta concluida la ceremonia.

Sus padres celebraron de manera sencilla como no pudieron hacerlo por el bautizo de su hija mayor sólo cuatro años antes. Cuánta diferencia hacen cuatro años, pensaron mientras ponían la mesa para seis invitados y mientras emanaba el delicioso aroma del ganso al horno. Qué lejana el hambre de su infancia y juventud. Qué bien escogido su canciller que había salvado a Alemania de la escasez.

Ese mismo día, muy lejos de ahí, Madame Titayna, periodista francesa, hacía al taciturno líder una rara entrevista para una revista de su país: «No hay un solo alemán que quiera la guerra. La última nos costó dos millones de muertos y siete millones y medio de heridos. Aunque hubiéramos sido los victoriosos, ninguna victoria hubiera valido la pena por ese precio», declaró él, y ella se regresó convencida a su país de que ni ese hombre ni ese pueblo representaban una amenaza para la paz.

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